Hay situaciones en las que el cuerpo reacciona antes de que la mente termine de procesar qué está pasando. El pecho se cierra, las manos sudan, el estómago se contrae, y solo después llega el pensamiento que intenta explicar esa reacción.
Esto no es exageración ni falta de control. El cuerpo guarda memoria de experiencias pasadas, incluso de aquellas que la mente ya archivó como resueltas o que ni siquiera recordamos con claridad. Cuando algo en el presente se parece, aunque sea remotamente, a una experiencia difícil anterior, el cuerpo puede reaccionar como si esa experiencia estuviera ocurriendo otra vez.
Por eso, a veces, entender intelectualmente una situación no es suficiente para sentirnos en calma frente a ella. El cuerpo necesita su propio proceso, no solo explicaciones.
Trabajar desde un enfoque somático significa darle espacio a esas señales corporales, en vez de intentar pensarlas hasta que desaparezcan. Notar dónde se siente la tensión, qué forma tiene, qué pasa cuando le damos atención en vez de evitarla.
No siempre podemos cambiar lo que el cuerpo recuerda. Pero sí podemos aprender a acompañarlo de una forma distinta a como fuimos acompañados la primera vez.